Una hoja de ruta para erradicar la pobreza más allá del crecimiento
“Hoja de Ruta para Erradicar la Pobreza Más Allá del Crecimiento”
Vivimos en una era de penuria artificial. En un mundo más rico que nunca, más de un décimo de la población mundial vive todavía en la extrema pobreza. Millones de personas no disponen de los medios necesarios para alimentarse, tener una vivienda o acceso a una sanidad básica, mientras que una ínfima minoría acumula una riqueza y un poder sin precedentes. Paralelamente, sequías, incendios masivos, inundaciones y olas de calor nos recuerdan que nuestras economías empujan al planeta más allá de sus límites.
Estas dos crisis no están separadas. Tanto una como la otra son síntomas de un modelo económico agotado. La pobreza y las desigualdades no son fruto del azar, son las consecuencias previsibles de decisiones políticas: son el resultado de la manera en la que diseñamos sistemas fiscales, en la que reglamentamos el mercado laboral, en la que ponemos en valor el sistema de cuidados o en la que organizamos los servicios públicos. Son el resultado de la manera en la que se reparte el poder político y del peso que acordamos a los diferentes intereses. Privar a personas de medios de vida dignos y de participar plenamente en la vida de su sociedad es violar sus derechos fundamentales.
Sin embargo, si los gobiernos pueden fabricar la pobreza, también pueden erradicarla. Es cierto que, durante décadas, la receta ha sido simple: debíamos hacer crecer la economía y la pobreza desaparecería progresivamente. Pero la promesa de un crecimiento económico al servicio de todos y todas no se ha respetado. Mientras que los ingresos nacionales aumentaban, los salarios reales se estancaban, los empleos son cada vez más precarios y los servicios públicos se han reducido. Mientras que las personas más ricas se han ido enriqueciendo de forma espectacular, las más pobres acuden cada vez más a los bancos de alimentos.
El crecimiento no se traduce por prosperidad compartida y, además, se ha convertido en ecológicamente insostenible. Los científicos y científicas alertan de que la Tierra podría convertirse en un horno, en el que el aumento de las emisiones de efecto invernadero y la destrucción de los seres vivos desestabilizarían las condiciones necesarias para la vida humana. Cerca del 90% de los excesos de emisiones mundiales de carbono son imputables en los países del Norte y, como dijo el economista Lucas Chancel para Nature en 2022, el 10% de las personas más ricas son las responsables de más de la mitad de las emisiones mundiales. No obstante, las poblaciones en situación de pobreza son las primeras que sufren las consecuencias de las malas cosechas y del aumento de los precios de los alimentos. Un modelo económico basado en una expansión sin fin en un planeta con recursos limitados no es solamente injusto, sino que también es peligroso.
Por supuesto, los países con menos recursos todavía necesitan crecer para construir carreteras, hospitales y escuelas, para desarrollar energías renovables y crear empleos decentes. Pero el modelo dominante de crecimiento está basado en la extracción de recursos, la explotación de la mano de obra barata y dócil, la dependencia de las exportaciones y un endeudamiento creciente. Este modelo aumenta las desigualdades y acelera el colapso de los ecosistemas. Hoy, la auténtica cuestión no es saber si el crecimiento puede mantenerse, sino qué tipo de economía construimos, a quiénes beneficia y si permite que todo el mundo pueda vivir de forma digna, respetando los límites planetarios.
Una protección social universal
Es por ello por lo que hemos presentado hace poco una “Hoja de Ruta para Erradicar la Pobreza Más Allá del Crecimiento” en Ginebra, Suiza, a la Organización Internacional del Trabajo, bajo el auspicio de la Coalición Mundial para la Justicia Social. Esta hoja de ruta propone diversas alternativas para ir más allá del enfoque de “crecimiento-impuestos-redistribución” en base a la que se ha organizado la lucha contra la pobreza durante décadas. No se trata de un plan elaborado en un laboratorio por una serie de personas expertas. Al contrario, durante dieciocho meses, más de 400 personas – agencias de las Naciones Unidas, gobiernos nacionales, personas expertas universitarias, organizaciones de la sociedad civil, sindicatos, agentes de la economía social y solidaria, movimientos ciudadanos, tanto del Norte como del Sur – trabajaron para responder a una simple pregunta: ¿Cómo podemos poner fin a la pobreza y reducir las desigualdades, sin que el crecimiento del producto interior bruto sea la condición principal del progreso?
Los derechos humanos nos proporcionan el principio rector para medir el progreso, definir las prioridades y encontrar compromisos entre objetivos simultáneos. Garantizar una protección social universal, basada en los derechos y un acceso universal a servicios públicos de calidad, es una prioridad absoluta: en muchos países, sigue siendo la tarea más urgente. Una economía que respete los derechos humanos irá más allá de la simple redistribución y la compensación financiera. Es cierto que la protección social y los servicios públicos son esenciales, pero, en economías que se centran en sacar el mayor beneficio posible, no pueden seguir generando salarios miserables, empleos precarios y viviendas inalcanzables de forma indefinida.
Es necesario modificar las reglas previamente. Esto implica, por ejemplo, proteger el empleo decente y crear sistemas de garantías de empleo, reforzar los sindicatos y la democracia en el trabajo, luchar contra las discriminaciones y poner en valor el trabajo de cuidados, remunerado o no, del que depende la sociedad. Esto significa invertir en la infancia, la vivienda, la sanidad, la docencia y el transporte, erigiéndolos como servicios públicos universales, para romper los círculos viciosos que perpetúan la pobreza de generación en generación. Esto implica un control público de los activos estratégicos, una orientación del crédito para dirigir las inversiones hacia las prioridades sociales y ecológicas, y apoyar el desarrollo de la economía social y solidaria.
Transformar el orden económico internacional
Implementar este proceso también implica transformar las reglas de una economía mundial que, aún hoy, orienta las capacidades productivas de los países de bajos ingresos e intermediarios hacia el consumo de los países del Norte, en detrimento de las necesidades locales. Actualmente, se critica a los gobiernos de los países del Sur por su falta de acción frente a la pobreza, mientras que sufren la presión de sanciones unilaterales, acuerdos comerciales que los privan de márgenes políticos indispensables y perpetúan el intercambio desigual, así como un endeudamiento heredado de siglos de desposesión colonial. De esta forma, 3,4 millones de personas viven en países que invierten más recursos al pago de la deuda que a la sanidad o la educación.
Los países sumamente endeudados se ven obligados, por las instituciones financieras internacionales, a reducir sus gastos sociales y a debilitar la protección de las personas trabajadoras, en nombre de la competitividad. Al mismo tiempo, las cadenas de suministro mundiales permiten una transferencia neta de mano de obra y de recursos del Sur hacia el Norte, a tal escala que los ingresos que pierden los países pobres serían ampliamente suficientes para erradicar la extrema pobreza en todo el planeta.
La solidaridad internacional es una obligación jurídica y moral, que deriva de un hecho histórico: numerosos países ricos construyeron su riqueza empobreciendo a los países del Sur, a través de modelos de extracción que aún hoy perduran bajo nuevas formas. Una transición justa, más allá del crecimiento, debe incluir la justicia en materia de deudas, una cooperación Sur-Sur intensificada, una financiación reforzada de la acción climática y un apoyo importante de la implementación de bases de protección social, anclados en los principios de no dominación y de autodeterminación. Los países del Sur podrían definir su futuro económico en condiciones que respeten su soberanía.
Futuros alternativos
Asimismo, es crucial saber quién ostentará el poder de contribuir en esta transición. Las decisiones que repercuten en las personas que viven en situaciones de pobreza se elaboran, con demasiada frecuencia, sin contar con ellas, incluso a veces contra ellas. Cuando los sistemas de protección social recaen en la sospecha, la amenaza de sanciones y la imposición de condiciones humillantes, refuerzan la estigmatización y disuaden a las personas de luchar por sus derechos. Cuando las reformas agrarias o los programas de vivienda social están manchadas por la corrupción y el favoritismo, o excluyen a las personas que viven en las afueras, no benefician a las personas que más necesitan estas ayudas. Las personas que viven en situación de pobreza saben mejor que nadie hasta qué punto los dispositivos que deberían ayudarlas fracasan en la práctica. Su experiencia debe guiar la elaboración, la implementación y el seguimiento de las estrategias de lucha contra la pobreza, las colectividades locales en los parlamentos y las instancias internacionales.
No partimos de cero. En todo el mundo, las luchas autóctonas, los movimientos feministas, los sindicatos y los movimientos por la justicia climática defienden y construyen futuros alternativos basados en la solidaridad y los derechos territoriales. Nuevas coaliciones de estado proponen otras visiones de gobernanza económica mundial y los gobiernos experimentan con estrategias de lucha contra la pobreza, basadas en los derechos, asambleas ciudadanas y la creación de riqueza comunitaria.
Nuestra hoja de ruta se basa en estos esfuerzos, los vincula y los amplifica. Ahora, la proponemos como punto de referencia común para aquellas personas que se niegan a aceptar que la pobreza y el colapso ecológico sean el precio que pagar por nuestra definición actual de “éxito” económico. Ahora que se acerca la cumbre sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible en 2027, los gobiernos y las instituciones multilaterales deben elegir: mantener un modelo de crecimiento fallido o implicarse en la erradicación de la pobreza, transformando las reglas económicas que la generan. La pobreza está construida. Aquello que se construyó puede deshacerse. El sistema que la mantiene puede ser reemplazado por otra cosa. Gracias a la “Hoja de Ruta para Erradicar la Pobreza Más Allá del Crecimiento”, proponemos soluciones concretas.
Primeras personas firmantes: Olivier De Schutter, antiguo relator especial de la ONU sobre la extrema pobreza y los derechos humanos; Jayati Ghosh, profesora de economía de la Universidad de Massachusetts en Amherst ; Jason Hickel, antropólogo, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona ; Thomas Piketty, profesor de economía de la Escuela de Economía de París ; Kate Raworth, economista del Instituto de Cambio Ambiental de la Universidad de Oxford ; Joseph Stiglitz, economista, Premio Nóbel de economía. Lista completa de firmantes.