Llamamiento a la resistencia democrática, social y ecológica

Llamamiento a la resistencia democrática, social y ecológica

En algunos días, Francia acogerá, en Evián, a los/as dirigentes de los países más poderosos del mundo en la Cumbre del G7.

En un contexto internacional marcado por los conflictos, la inestabilidad económica, el aumento de las desigualdades sociales, una crisis energética sin precedentes y el empeoramiento de las crisis climática y medioambiental, la presidencia francesa ha decidido incluir en el programa “la reducción de los desequilibrios macroeconómicos mundiales”. La observación es acertada y la ambición, necesaria, pero el diagnóstico está incompleto.

Reducir los desequilibrios de la economía mundial supone asumir sus orígenes: estas fracturas no son accidentes de la historia. Se han ido construyendo y alimentando, y así sigue siendo, a través de dinámicas de explotación y de dependencia que los países del G7 han erigido en sistemas que siguen perpretando, a menudo sin nombrarlo, en sus decisiones económicas actuales, con repercusiones sociales dramáticas. Evián debe ser una oportunidad para mirar de cara lo que la palabra “desequilibrio” pretende precisamente limar.

Sin embargo, Francia ha omitido algunos desequilibrios importantes que podrían incluirse en el programa de negociaciones.

El primero es  la deuda que asfixia a los países del Sur. Actualmente, numerosos países invierten más recursos en reembolsar su deuda que en la sanidad, la educación, la seguridad alimentaria o la protección social. Asimismo, se han invertido los flujos financieros: los países del Sur envían más dinero a los países del Norte del que reciben, bajo el efecto combinado del servicio de la deuda, el repatriamiento de los beneficios y las salidas ilícitas de capitales. Este sistema priva a cientos de millones de personas, y, de manera desproporcionada a las mujeres y niñas, de los recursos indispensables para sus derechos fundamentales y la lucha contra el cambio climñatico. De esta forma, las personas que sufren las peores consecuencias no son responsables de ello.

El segundo desequilibrio es la extrema concentración de las riquezas. Miles de millones de personas se enfrentan al aumento extremo del coste de la vida y a la intensificación de los conflictos y catástrofes naturales climáticas. Al mismo tiempo, la fortuna acumulada de las personas multimillonarias alcanza cifras récord: 18 billones 300 mil millones de dólares – es decir, cerca del PIB de China. Cada vez más voces se alzan en todas partes del planeta, exigiendo medidas concretas para limitar el poder de una ínfima minoría sobre una parte creciente de la riqueza mundial. Se trata de una condición imprescindible para reducir las fracturas sociales y económicas y reforzar las democracias.

El tercer desequilibrio reside en un sistema internacional obsoleto, que permite a todavía más multinacionales y a las mayores fortunas evitar las reglas fiscales, desplazar artificialmentes sus beneficios y reducir su contribución al interés general, privando a los Estados de ingresos esenciales para financiar los servicios públicos, la reducción de las desigualdades y la acción climática.

El cuarto desequilibrio es el de los beneficios indecentes realizados en tiempos de crisis. En los sectores de la energía, el transporte merítimo, la insdutria agroalimentaria o las finanzas, algunas grandes multinacionales sacan beneficios de las guerras, de las tensiones geopolíticas y de las alteraciones económicas. Aumentan sus márgenes, mientras que cientos de millones de personas tienen dificultades para llegar a final de mes y ven cómo se van degradando claramente sus condiciones de vida.

El quinto desequilibrio es el debilitamiento de la solidaridad internacional. Nunca ha sido tan necesario responder a las emergencias humanitarias, sociales y climáticas. Sin embargo, la ayuda pública para el desarrollo sufre recortes sin precedentes de parte de los países del Norte.  Entre 2024 y 2025 bajó un 23% a escala mundial, conllevando un retroceso preocupante de la responsabilidad colectiva y del principio de solidaridad internacional.

Los desequilibrios mundiales no son abstracciones técnicas, son decisiones políticas. Detrás de los indicadores macroeconómicos, hay vidas en juego. En el centro de estos desequilibrios figuran la injusticia económica, la manera en la que se producen, se reparten y se utilizan las riquezas en beneficio de unas pocas personas en vez de para la mayoría. Esta injusticia aumenta las desigualdades sociales, de género y territoriales, fragiliza los derechos humanos y compromete la transición ecológica.

Los países del G7 tienen una responsabilidad concreta: representan el 45% del PIB, el 30% de las emisiones de CO2 y el 69% de la ayuda pública para el desarrollo mundial. Con relación a esto, pueden y deben desbloquear soluciones ambiciosas para reestructurar deudas soberanas, reforzar la cooperación fiscal internacional, fijar impuestos a las grandes fortunas y los superganancias, financiar la solidaridad internacional y responder a la crisis climática y emprender una transición agrícola y alimentaria a largo plazo.

Francia no solo acoge esta cumbre, sino que juega un papel esencial en las grandes instituciones financieras internacionales. Esta presidencia del G7 no es un simple ejercicio protocolario, es una oportunidad que debe aprovechar para refundar las reglas del juego económico mundial, escritas con demasiada frecuencia en beneficio de los más fuertes, y hacerlas más justas e inclusivas. No obstante, Emmanuel Macron ha preferido la participación de Donald Trump en el G7 de Évian, borrando del programa de la cumbre los desafíos climáticos y las cuestiones de género y contentar así al presidente estadounidense.  Los otros seis países del G7 deben afrontar a los Estados Unidos, defendiendo el derecho internacional y el multilateralismo.

Si Emmanuel Macron, a la cabeza de su último G7, pretende realmente abordar los desequilibrios macroeconómicos mundiales, no puede seguir ignorando aquéllos que están en el centro del problema. Cualquier otra opción dejaría claro el interés político y mantendría un sistema económico que concentra las riquezas, agrava las desigualdades y compromete el futuro de miles de millones de personas, dejando vía libre a las políticas desigualitarias y autoritarias.

No es el momento de hacer declaraciones de intenciones. Es el momento de actuar.

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(*) Firmantes:

  • Perrine Benoist, Codirectora General, Action contre la Faim
  • Gilliane Le Gallic, Presidenta, Alofa Tuvalu
  • Gaspard Tamagny, Presidente, Alternatiba
  • Anne Savinel-Barras, Presidenta, Amnesty International France
  • Virginie Amieux, Presidenta, CCFD-Terre Solidaire
  • Adrien Chaboche, Delegado general, Emaús Internacional
  • Cécile Duflot, Directora general, Oxfam France
  • Morgane Créach, Directora general, Réseau Action Climat
  • Fanny Petitbon, Responsable France, 350